Luego de 17 años de recorrido en la escena local, Lulú Martins, la marca de Luciana Martins, , nos da pistas acerca de cómo surfear la ola emprendedora sin perder la llama de sus inicios, marcando un ritmo sin prisa pero constante.

¿Cómo se mide el éxito de una marca de moda? ¿Por sus ventas o en relación a su comunidad virtual? ¿En su legitimación en el campo, en el reconocimiento de la crítica o en la opinión de sus pares? ¿En mantenerse en el tiempo sin perder su identidad o su esencia? Más allá de que casi todo se vuelve relativo y, además, quién se animaría a precisar qué es el éxito, hay variables que definen proyectos y sus modos de ser puertas adentro y con el otro.
Luciana es una autodidacta rodeada de talentosas costureras y modistas. El germen de lo analógico, de mirar alrededor, de respirar arte y medir la tecnología para no perder lo maravilloso de la imaginación y el poder del hacer con las manos, aseguraron un desarrollo creativo que puede verse en cada uno de sus diseños. En su marca, incubada entre moldes, telas y viajes a Ciudad Universitaria, las tendencias ocupan un lugar muy pequeño al lado de la inspiración que le despiertan los viajes, las anécdotas familiares, las fotografías de su hermana o las flores de su jardín de ensueño. La música acompaña a las acuarelas en cada nueva creación y si bien la tablet le permite un timing más efectivo, las paletas de colores en lápices, marcadores y acrílicos siguen siendo la opción favorita.
En 2009 tomó envión y se dió cuenta de que, con su capacidad para crear, sus conocimientos, sus ganas más la experiencia y el acompañamiento de su mamá, podían lanzarse a hacer la ropa que a ella le gustaba y que hasta el día de hoy viste. Diseñaba, confeccionaba los moldes, cortaba y subía las fotos a Facebook mientras estudiaba Diseño de Indumentaria y Textil en Fadu. Así pasaron los años y cobijó un método de trabajo que se aggiorna a cada momento.
“Siempre tuve una personalidad ansiosa. Al empezar la carrera me di cuenta de que era más difícil de lo que yo pensaba. Hacía los cálculos y para tener mi marca de ropa faltaría mucho tiempo y veía que mis compañeras empezaban a hacer pasantías en otras marcas y no me convencía, entonces dije, yo arranco ahora con mi marca. Compré tela y comenzamos a coser con mi mamá y a los dos años surgió Lulú. Apenas arrancamos nos fue bien. Fue muy chiquito todo, lanzamos 30 o 40 prendas únicas. Cuando hice el CBC, en el centro de estudiantes dictaban un curso de moldería, entonces ya desde ahí yo me puse a hacer algo, cuando arranqué la marca ya sabía hacer muy bien los moldes que es la parte más importante, más allá de que hoy los delego. Los primeros años fueron de experimentación, realizaba toda la colección, terminada y la ponía a la venta. Hoy en día sería imposible, pero en su momento en 2009 se re podía. Exponía las fotos en facebook y en ferias y en showrooms, todo era muy fresco y al ser novedad y al tener un producto innovador para la época, empezaba a llamar la atención y venía gente”.

En la actualidad, en su casa estudio en el barrio de Belgrano, las mujeres de Lulú se congregan para desarrollar una marca que coquetea con lo romántico, lo fantástico y con distintos modos de producción que cada vez se vuelven aún más amorosos con su entorno. Entrar al local de Lulú en Palermo es sumergirse en un espacio pensado para el disfrute. Sus pocos metros son inversamente proporcionales al caudal de posibilidades que ofrecen sus diseños y de historias que pueden ser vividas con cada camisa de mangas colosales, con los vestidos inspirados en personajes de Audrey Hepburn o Anna Karina y con los tapaditos de colección que abrigan y embellecen el andar.
Confía en su instinto y también en el conocimiento y el amor de quienes la rodean. Supo construir un séquito de mujeres con su mamá a la derecha y su hermana a la par que juntas logran lo que pocas marcas han logrado: mantenerse fiel a su estilo por 17 años, con un trabajo empático con el medio ambiente y con sus pares. Lo entiende, lo disfruta y lo celebra en cada ocasión que puede, con brindis y manos siempre listas para servir una porción más de torta.
Sabe que nada de lo que consiguió fue azaroso. Su ímpetu e impulso le valieron casi dos décadas de aciertos y algunos muy poquitos sinsabores, donde tuvo que frenar, pensar, pedir ayuda y volver a apostar. Sabe perfectamente que lo rápido, en general, no lleva a buen puerto y que el camino es promisorio si una se prepara para ello. Sabe también que la magia existe, pero para algunas ocasiones, porque para hacer funcionar un negocio, el compromiso debe ser total y la mirada debe estar puesta en la coyuntura y en varios espacios a la vez para surfear los desafíos de la industria argentina.
“Creo que, desde que empecé con la marca en 2009, la primera crisis profunda fue la de 2018 y en 2019 la primera devaluación fuerte también me marcó mucho. Yo arranqué en un momento muy fértil, la industria estaba genial, te ibas de viaje, había trabajo y un fuerte sentimiento de abundancia que hoy no hay y desde 2018 se fue degradando. Muchas marcas amigas cerraron en 2018 y esa fue la primera ola que yo viví y ahora está siendo la segunda ola. Si hoy estamos muy bien, no es porque esté bien el mercado, sino porque siento que pudimos sobrellevar los momentos malos. El 2020 para nosotras fue un año muy malo, la pandemia nos pegó mal y esa sensación de apocalipsis a pesar de vivir con un jardín, para mi fue un montón, fue un mal año económico y emocionalmente, no podíamos abrir el local, no podíamos ir al correo y estaba bien, porque no estaban las vacunas entonces era lógico. Fueron dos años pésimos para mi y para el local también. Por una cuestión anímica y también por no poder entender lo que estaba pasando, una situación muy difícil en todo sentido. Recién en el 2023 entendimos que había que reveer todo, sentía que algo estaba haciendo mal, más allá del contexto que sin dudas afecta un montón. Suelo hacer ese ejercicio de ver qué estoy haciendo mal porque si no nada cambia. Y ahí sí, en 2023 frené, audité mi marca, pagué consultorías, hice un montón de cosas, pedí ayuda y a partir de ahí, ajustamos, adaptamos y volvimos a levantar el negocio como antes de la pandemia. Nuestro ego nos dice que siempre estamos bien pero si algo pasa mal, hay que revisarlo, lo hicimos y vimos que muchas cosas estaban mal”
En esa línea, cada nuevo drop que lanza, está pensado como estrategia para sobrevivir en la industria nacional y a la vez calcular quirúrgicamente cada gasto para poder ofrecer mejores productos. Son decisiones que se toman con el fin de mejorar escuchando la demanda de su entorno, las clientas y el medio ambiente. La mayoría de las prendas de Lulú Martins son confeccionadas por personas que dejan su huella en los vestibles y su firma en las etiquetas. La curva de talles se sigue ampliando con el paso del tiempo. La composición de los diseños se destaca por los géneros nobles, aunque eso signifique una inversión mayor y quizás menos lugar para la tradicional fantasía del sistema de la moda.
Luciana entiende que el vínculo con el otro debe ser cuidado y atento, confía en sus clientas, se retroalimentan, se escuchan, dialogan en newsletters con consignas literarias, intercambian libros que salen del baúl verde apostado en el local de Armenia 1708 y viajan por distintos lugares. Se agrupan en la virtualidad para charlar sobre la última selección del mes y también se encuentran físicamente para trascender la pantalla y las redes.
“A veces nos pasa que no aguantamos más el celu, y los mejores días son cuando no tengo el celular y leo un libro. Pasó que con una amiga con la que tenemos el mismo gusto de lectura coincidimos en hablar de libros y de personajes, y nos pareció genial ese espacio para hablar de libros que te conectan con la fantasía de la niñez. Para mí la infancia con libros fue genial. A partir de eso, pensamos en armar algo y, si bien pensamos que no iba a enganchar, vemos que sí, como que estamos súper digitalizados y necesitamos cortar con los libros. Así que surgió así y se está dando re lindo. Además, también es como un contacto o algo más que les “damos”, porque en Lulú las clientas compran ropa y ya, entonces ahora no hace falta que compres la ropa, porque en el universo de Lulú hay mucha gente que le gusta pero no compra la ropa. Esto es mucho más abstracto y la verdad no sé cuál es el fin, pero dijimos “bueno, vemos”, así que iremos viendo.
Ofrecer algo más que ropa a las clientas, por el mero disfrute, es una decisión no tan común en el ambiente fashion, pero la que puede, puede. Campañas fotográficas que se vuelven excusas para señalar algún lugar recóndito del mapa y viajar hasta ahí para registrar los diseños a juego con la luminiscencia boreal de Islandia, o los campos de lavandas o los de girasoles franceses, son tan solo un ejemplo. Sus Fashion Films son de culto y se vuelven referencia en cada ocasión de hablar de ese género que logró convocar a los directores más reconocidos. Lucrecia Martel, Agnes Vardá y Laura Citarella son apenas algunas directoras que dejaron su huella en los cortos de moda que pululan por las redes sociales desde el Siglo XXI. Es menester recordar que en 2014, mientras Miu Miu comenzaba a trazar el camino de la serie de fashion films titulada Women´s Tales, Luciana ya se servía de ese formato para mostrar su moda y su arte.

Si bien los desfiles en su marca se hacen desear, es bien sabido que no sólo funcionan para mostrar las últimas colecciones, son parte fundante de la definición de las marcas de lujo si quieren pertenecer a la alta costura y a partir de ahí, todo un universo simbólico de aspiración pero también de disfrute, de belleza, de experiencia que se ramifica en infinitos gestos alrededor del mundo. El desfile suele ser ese momento de creación que se despega de la producción de indumentaria y aparece como la oportunidad para unir arte y moda. Es también un momento clave, de mucha tensión y sobre todo de destinar un presupuesto que a veces excede lo planificado. Sin embargo, también es bien sabido que no siempre un abultado presupuesto es garantía de crear una experiencia similar a cualquier acción artística. El ingenio, la experiencia y sobre todo una buena idea son capaces de sacudir a quien contemple esa puesta en escena. Luciana eso también lo sabe muy bien y, en reiteradas ocasiones busca en el arte formatos que la desmarcan del común denominador.
Las Venus de Botticelli, los polka dots, los nenúfares de Monet, la Ararinha Azul, los bosques encantados, los paisajes del sur de Argentina, cada colección de Lulú Martins asegura un viaje emocional concentrado en faldas, vestidos, jardineros, camisas, pantalones, sacos y ediciones limitadas de accesorios como sus totes, los pendientes y los pañuelos. ¿Qué mostrará Lulú Martins este nuevo año? Sin dudas el vínculo con el arte mantendrá viva la llama del diseño de autor y la escala promete ser superadora, como cada ocasión que tiene para seguir construyendo industria nacional por fuera de lo esperable.

