Mi querido vestido desmayado

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De vez en cuando, antes de salir, me lo pruebo. Siento alivio. Viene de la sorpresa —una vez más, nuevamente— ante la propia transformación que generan ciertas prendas. La gasa cae sobre mi cuerpo. Es áspera, color manteca, finísima Puesto, el vestido cobra vida con mi cuerpo, y mi cuerpo con él. Como si se activaran. 

Querido vestido desmayado: se hace un bollo, pierde forma, se arruga por nada. 

Le fuerzo un moño que cae rendido, a la altura de las tetas. Me paro derechita, me miro al espejo. A veces pienso que la ropa puede ofrecer una suerte de tregua: una pequeña fuga, apenas una prueba, un desliz. Llevando mi vestido desmayado, estoy segura, algo en mí se suspende y otra parte se recompone.

Fotos: gentileza de la autora

Para nombrarlo, podría decir fantasma. Y, por extensión, usar las palabras: vestigio, ecos. Los vestidos-fantasma portan recuerdos; su naturaleza es alentar un trabajo con la memoria y actualizar algo del presente. Tal es el don de mi vestido desmayado. 

Amanece y alzo los brazos: el vestido se desparrama lánguido sobre mí. Imagino que un espectro se enciende y me toma. Un vestido como este —color manteca, aletargado— arrastra el recuerdo de un tiempo que no viví. Consigo recobrar, solo entonces, algo que evoco de costado. Es innombrable y reverbera al roce de la tela. Hace de mí, otra Victoria. Paseo por la casa contagiada, animada por su espíritu. Doy pequeños saltos, elevada.

A punto de salir. Anochece y ahí voy de nuevo: desempolvo el vestido. Me lo pongo para comprobar lo que ya sé, que tiene dobladillo hecho a mano, y que, en los hombros, se ciñe de manera perfecta. Vuelvo a calcular cuán gastado está y, como siempre, desisto. 

La ceremonia otra vez. 

Me desnudo y quedo inmovil, mirándolo dormir sobre la silla, hasta tiritar de frío. Por allá está mi suéter bordado, color blanco nieve, como un cabrito débil, huérfano y enfermo. Imagino que para el próximo invierno ocupará el sitio del vestido. Lo espío con recelo. Preero la ropa fuerte, digo en voz alta y los perros me miran. Sé que miento.

Escribo una carta de despedida dedicada a mi querido vestido desmayado. Seguramente algo se termine cuando, por fin se vaya. O cuando me de por vencida. Sin embargo, lo guardo. No pierdo la esperanza de surcirlo, de salvarlo de las manchas, del paso de la vida, del uso, del tiempo. 


rendido vencido – lánguido ojo- en reposo 

aletargado- entregado 

frágil 

delicado – desfallecido – abatido

Victoria Suquilandia nació en Buenos Aires. Es licenciada en Artes de la Escritura por la UNA. Escribe poesía y ensayos breves. El texto surgió en el contexto del taller “Queridas Ropas”, realizado en 2025 por Victoria Lescano.

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