
Si se trazara un gráfico para representar los niveles de prestigio de lo que el canon ha establecido como el evento anual más importante de la moda – léase la Gala del Met- , la curva mostraría un descenso sostenido desde la pandemia hasta hoy. Como suele suceder, no hay una única explicación. Semejante caída puede atribuirse a la incorporación de figuras ajenas al campo de la moda — influencers y celebridades sin capital cultural específico— quienes construyeron su legitimidad fashionista a fuerza de dinero y de likes. Un caso paradigmático es el de “Keeping Up con the Kardashian’s”, el reality de un clan que comenzó a dictaminar nuevos y horribles modismos en cuanto a las apariencias y la exposición de cada gesto de la vida privada de sus integrantes. Aquello que en los años 2000 parecía apocalíptico, hoy está completamente integrado puesto que logró erigirse en un botón de muestra de la capacidad asimilativa del sistema. Pero el fenómeno comenzó a profundizarse y agravarse desde el ingreso de actores del nuevo poder económico global concentrado: los magnates tech de Silicon Valley.

En las pasarelas más recientes de las hegemónicas semanas de la moda- ya en París, New York o Milán- se comenzó a percibir que los billonarios tan techies como polémicos en cuanto a su ética y su estética ( Jeff Bezos y Mark Zuckerberg , los fundadores respectivamente de Amazon y de Meta) comenzaron a copar los asientos en la primera fila de los desfiles, un cupo que antaño se reservaba a la a personalidades de la industria de la moda y de la cultura.
La expresión más contundente del stado de cosas fue la reciente Gala del Met 2026, cuyo principal aporte económico provino de Bezos y su esposa, la ambiciosa Lauren Sánchez. Jeff y Lauren contribuyeron a la causa de la moda y las vanidades con diez millones de dólares para su escalada estética. Si bien se dice que “hay cosas que el dinero no puede comprar” todo indica que en el feroz capitalismo actual, también la máxima del buen gusto estaría por desaparecer.
La novedad no podía pasar desapercibida y ya desde su anuncio, en febrero de 2026 este año, una ola de críticas inundó las redes sociales al punto de que incluso Anna Wintour, la organizadora y gatekeeper de la Gala desde 1995, se habría mostrado consternada ante la hostilidad de la reacción. Resultaría difícil creerlo si no fuera porque la desconexión (lógica, por cierto) de estos personajes con la realidad no puede ser otra que total.
En un contexto de creciente desigualdad social y de fuerte conflictividad política en el mundo en general y en los Estados Unidos en particular — marcado por constantes episodios de violencia en operativos migratorios y en protestas públicas— no puede sorprender a nadie más que a ellos que la gente se irrite ante una fiesta de millonarios, para millonarios, y cuyo principal sponsor es un tecno oligarca que paga sueldos de subsistencia. El mismo que se opuso a la organización sindical de sus trabajadores, mientras, en simultáneo, decidió alquilar la ciudad de Venecia por una semana entera en ocasión de festejar su casamiento. Por nombrar apenas algunos de los hechos que lo ponen en contra del favor popular.
Esta irritación no se vio circunscrita a los límites de lo virtual sino que también se trasladó a las calles de Nueva York. Un grupo activista llamado Todos odian a Elon, en referencia a Elon Musk (otro multimillonario techie, que en apariencia ha acotado su exposición pública) llamó a boicotear el evento con diferentes acciones. Una de las más polémicas fue la colocación de 300 botellas de orina falsa (¿por qué no real?) dentro del Museo Metropolitano, haciendo alusión a las denuncias de los trabajadores de Amazon por verse obligados a orinar en recipientes, ya que no tienen permitido dejar sus puestos para algo tan elemental y humano como ir al baño.
Con un despliegue sorprendente, los activistas también se manifestaron con proyecciones dirigidas hacia el Empire State y el mismísimo penthouse de los Bezos , además de la difusión de videos con testimonios de los empleados de la compañía.

Si bien estas protestas se inscribieron en el boicot a la Gala del Met, la creciente hostilidad hacia los multimillonarios ya forma parte del clima político y cultural de Estados Unidos. Desde 2025 los políticos de izquierda, Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez impulsaron una serie de actos por todo el país bajo la consigna Fight Oligarchy (Lucha contra la oligarquía). Mientras que en California, la campaña para que los multimillonarios paguen un impuesto destinado a financiar el sistema de salud reunió las firmas necesarias para convocar un referéndum en noviembre. Por no mencionar al terror de los CEO’ss, el reo Luigi Mangione, también él un fashion icon. Este joven estadounidense fue señalado como el autor del asesinato del director ejecutivo de UnitedHealthcare, ocurrido en Nueva York en diciembre de 2024.
En cada una de sus apariciones en la corte, y donde se ha declarado inocente, Mangione captó la atención por su fotogenia y la construcción de sus looks, al punto de volver virales ciertas prendas, como el ya célebre sweater bordó. En este contexto, con una jugada astuta, el flamante alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, no sólo declinó la invitación a la Gala, sino que dobló la apuesta con una publicación especial en sus redes sociales de fotografías y testimonios de quienes constituyen el reverso del glamour de la moda: sastres, costureras, vendedores y más.
En un comunicado de prensa, la Oficina del Alcalde declaró: “Nueva York se construye gracias a sus trabajadores, y la administración Mamdani cree que merecen ser vistos con el mismo cuidado y atención que se suele reservar para la alfombra roja”. Este reconocimiento es tan importante como la autonomía para tomar la posta y crear espacios alternativos. Destaco dos celebraciones ideadas como contrapropuestas plebeyas a la Gala del Met. Por un lado, el Baile sin Multimillonarios (Ball without billionaires), realizado en el Meatpacking District de Nueva York. Lo organizaron trabajadores sindicalizados y la experta en moda Gabriella Karefa-Johnson (estilista de Rama Duwaji, la primera dama de la ciudad de New York).

Mary Hill, 72 años, trabajadora de Amazon, desfiló con un outfit de Labyrinthhave. Foto: Service Employee International Union.
Usando prendas de firmas creadas por inmigrantes que exaltan las prácticas de la moda ética realizadas en su mayoría por omunidades de artesanos, y despojados de toda solemnidad, desfilaron por la pasarela pública tanto los repartidores de Amazon, como trabajadores de tiendas y ex empleados de The Washington Post ( despedidos por Bezos). El eslogan del evento fue: “El trabajo es arte”, en clara alusión al tema de este año de la Gala: “La moda es arte”.

En segundo lugar, estuvo el Baile del Pueblo (The People’s Ball), que se organiza desde 2018 en el lobby de la Brooklyn Central Library. En su página web, los organizadores lo fundamentaron como “un evento gratuito que se celebra en la víspera de la Gala del Met y ofrece una alternativa a las galas costosas y exclusivas, poniendo en escena la diversidad de estilos que conforman la pasarela urbana de Nueva York”. Participantes de todas las edades desfilaron con soltura y gracia por la pasarela, en una puesta al estilo RuPaul’s Drag Race, con la misma premisa democratizadora: que la belleza y el estilo pueden y deben estar al alcance de todos. Estos hitos contestatarios resultan interesantes porque surgieron y tienen como protagonista a gente común, humanos y trabajadores, sin voceros. La potencia residió en ello.
Alexandria Ocasio-Cortez en la Gala de 2021 usando un vestido con la inscripción Tax the rich (Graven a los ricos) o Sarah Paulson en 2026 en un traje de la firma francesa arty que responde al escatológico nombre “Matières Fecales” que busca denunciar al sistema desde adentro “ya no conmueven,más bien son transgresiones módicas”, citando una expresión del escritor y político argentino Jorge Asís. No se puede estar en la misa y en la procesión. Puede que Anna Wintour en su fuero interno o nosotros, desde nuestra humilde “militancia” digital, miremos a los Bezos con desdén y con la secreta satisfacción de saber que nunca terminarán de ser realmente elegantes o cool, pero ¿no es un poco ingenuo pensar que eso nos ubica en el mismo equipo?
Nuestro refugio en el gusto y su defensa acérrima para resguardarlo de lo que consideramos grasa o trillado puede ser la señal más clara de que estamos perdiendo la batalla. Hermanarnos espiritualmente y estéticamente con ciertas celebridades (¿nos olvidamos que también ellas son multimillonarias?) es un intento por sostener la ilusión de que algo nos pertenece todavía y que, por ende, no estamos tan caídos del mapa. Podrán sacarnos derechos y consumos, pero no el buen gusto.
La Gala del Met siempre representó exclusividad y lujo. Con el tiempo y la expansión de los medios de comunicación y la aparición de las redes sociales, se fue haciendo cada vez más grande, más ambiciosa, más extravagante y, necesariamente, más costosa. La moda no escapa a la crisis y en la cruda lógica capitalista, no alcanza con subsistir: hay que acumular y crecer, crecer y crecer. Más es más. Esto implica, al menos desde el punto de vista del negocio, abrirle las puertas a quienes puedan financiarla mejor. Quienes manejan los hilos de la industria lo saben. Por su parte, los magnates de Silicon Valley necesitan hacer la operación de expansión inversa, es decir, ir del poder económico, hacia lo cultural para tener acceso al capital simbólico que no les es natural. Para la mayoría de la gente, son ñoños dotados de una inteligencia y conocimiento superlativos, pero sin gusto ni roce. El dinero funciona como una credencial que les da acceso a la posibilidad de adquirir los signos de distinción y mimetizarse con ese universo de glamour, belleza y coolness y así aumentar aún más su poder. Pertenecer tiene un precio cada vez más alto. En esta lógica de exclusión creciente, la respuesta tal vez pase menos por buscar las formas de infiltrarnos en el mainstream, que por crear algo distinto. . Con un poco de enojo, como reclama Fran Lebowitz ante la cámara del director Martín Scorsese, con un poco de alegría, pero fundamentalmente con humor y creatividad. Reclamando lo que es nuestro, lo que nos corresponde, creando alternativas y modos más sustentables y simples de existir.
Victoria Sosa Corrales es politóloga y asesora de imagen; difunde sus análisis de moda y política en @realpolitchic
