La consigna de este año para el atuendo de la MET Gala fue “Fashion is art”; pensar el cuerpo vestido y los valores culturales e ideas que permean las ropas que nos visten. La presencia latinoamericana en el evento fue escasa y a mi parecer, poco contundente. Con el festín de historias que tenemos que contar sobre cultura, cuerpo e identidad en estas coordenadas, pienso que los looks se quedaron cortos. Todo muy limpio; poco color, poca contradicción, poca memoria crítica y poca emoción.
Georgina Rodríguez, la modelo e influencer hispano-argentina fue quizás la más interesante. Vestida como viuda católica desteñida en camino a un funeral, Rodríguez homenajeó el temperamento devocional hispanoamericano con un vestido inspirado en la Vírgen de Fátima. Según la cobertura de Vogue México, el vestido de satín verde aqua del diseñador belga Ludovic de Saint Sernin, lleva bordadas a la altura del corazón, pequeñas plegarias dedicadas a Nuestra Señora del Rosario: “Donde ella está, el alma encuentra refugio” y “Y líbranos del mal, amén”. Pía Georgina, que no llevó a CR7 al evento, remató el look con un rosario valuado en siete millones de euros.

La idea de Bad Bunny también me gustó. Con un traje negro de Zara (un bajón tanto coqueteo de BB con el imperio fast fashion gallego) y maquillaje prostético de Mike Marino, su propuesta fue celebrar el flowde los viejos puertorriqueños. Las líneas de expresión y ojeras acentuadas, la melena y barbas canosas, pero sobre todo el porte fino que solo una vida bien vivida puede dar, mandaron a Benito Antonio al top ten de los mejor vestidos.

Lux Pascal llevó un vestido de la marca de L.A. Cult Gaia inspirado en las líneas limpias, serenas y puristas asociadas al mito moderno del mármol blanco clásico; específicamente, en las Venus de Milo y Botticelli. En tono nude/alabastro, drapeado y ceñido, el vestido buscaba convertir al cuerpo de la actriz chilena-estadounidense en una escultura de piedra tallada a base de un corsé escultórico y capas de chiffon: “Lux como una escultura viviente”, dijo la marca. Una propuesta visual más cercana a una idealización clásica que a las complejidades de las experiencias trans latinoamericanas.

Maluma beibi fue impecable, vestido por Haider Ackermann para Tom Ford. Pantalones sastre y una chaqueta lentejuelada, negros ambos. Minimalista, elegante y nada más.

Otro look que me gustó por poner sobre la mesa la idea de identidad híbrida fue el de Danny Ramirez (a Vogue México el atuendo no le convenció, le pareció que no cumplió con la consigna). El actor, de padre colombiano y madre mexicana, vistió un traje beige de Michael Kors. El pantalón de tiro alto y corte ancho, junto al saco amplio de hombros exagerados, remitía claramente al zoot suit, el código estético que los pachucos y chicanos convirtieron en símbolo de resistencia cultural e identidad racial en los Estados Unidos segregados de la década de 1940. Inmunes al estigma que perseguía su herencia latina, los jóvenes mexicoestadounidenses derrochaban estilo en esos trajes extravagantes de pliegues abundantes, sombreros y cadenas llamativas (la joyería que lleva Ramírez es Cartier), como una afirmación de su derecho a ocupar espacio y transformar sus cuerpos en un espectáculo de orgullo y presencia.

El vestido blanco y negro, con capa incluida, de Tory Burch que llevó Camila Morrone, igual que el traje de Maluma, era minimalista y glamuroso al estilo Hollywood de oro. Mucho chic, poca emoción.

