Dalila Puzzovio y su gesto fashionguard

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Un recorrido y un análisis de Autorretrato, la esperada retrospectiva de Puzzovio en el Museo de Arte Moderno que se exhibe hasta noviembre

Vista de la sala con cortinados y tonos que señalan los ejes de la muestra
Detalles de la obra Doble Plataforma, el póster que documenta su alianza con la zapatería Grimoldi en 1967 , el vestido de paño rosa que manifestó su nombre conn letras mayúsculas

Todo comenzó a sus quince años, o quizás antes. Hija de un ingeniero y de una experta en corte y confección, Dalila Puzovio manejó la moda y las altas escalas desde siempre. Su legado, replicado en la agenda actual, movió los estandartes y cautivó a quienes tenía que cautivar para dar forma a una carrera de más de sesenta años que hoy es puesta en valor por el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Hasta el 30 de noviembre se puede visitar Autorretrato, la retrospectiva curada por Pino Monkes y Patricio Orellana que ocupa la sala principal del Moderno. Todo queda en familia, su pareja, Charly Squirru fue hermano de quien ocupó el cargo de primer director del museo allá por los años cincuenta. 

Su recorrido, al igual que el guión curatorial de su muestra, comienza con la pintura informalista, obras que trabajaban la materia a partir del fuego tensionaron lo esperable de la figuración. Luego, a partir de un accidente en un dedo del pie que la condujo directo hasta el Hospital Italiano, tuvo una experiencia con el yeso y solo le bastó ver todos los descartes de ese material tan característico de las artes visuales para desearlos como materia prima de sus obras. Así, el yeso usado se volvió soporte de sus ideas que hablaban del cuerpo, de la muerte y de la posibilidad de servirse de materiales no convencionales para crear piezas de arte. Ese gesto de ruptura, de provocación recién daba sus primeros pasos. El empuje lo tuvo del lado femenino: Germaine Derbecq, artista francesa que por entonces era curadora de la galería de arte Lirolay. En cuanto Puzzovio le mostró sus pinturas y le confesó que quería seguir estudiando, Derbecq le dijo que ya era hora de soltar a los maestros y comenzar a mostrarse. En ese instante le propuso hacer su primera muestra individual y la incitó a seguir su instinto y comenzar su carrera formal. Para mayo de 1961, Puzovio ya recibía a los espectadores de su primera muestra en la Galería Lirolay.  A partir de ahí, su vínculo con la vanguardia fue constante en su hacer.

Desde su grupo de pertenencia hasta las performances que realizó y la relación con los medios de comunicación y la moda. En la actualidad ver piezas de moda en museos no resulta rupturista, sin embargo en los sesenta en argentina, enfundarse en tricots de colores vibrantes o vestidos dorados realizados con engrapadora y martillo y usar plataformas de catorce centímetros y hacer arte no era el común denominador en ese ambiente. Dalila Puzovio entendió el momento en el que vivía. Los sesenta no podían pensarse sin la moda como condición de producción. Fue Diana Vreeland, la editora de modas inglesa, quien reconoció el boom juvenil que ocurría en los sesenta: youthquake lo llamó y a partir de ahí todo cobró sentido. La juventud, en rechazo de lo anterior, de los adultos que opacaban todo a su alrededor, del aburrimiento de los trajes grises y de los desastres bélicos que seguían haciendo eco por distintas latitudes, dieron un volantazo y salieron a las calles para marcar territorio. Se vistieron con minifaldas, usaron colores estridentes, se dejaron el pelo largo, se apropiaron de la música y marcaron las coordenadas del futuro en línea con un empoderamiento rabioso y necesario para las generaciones que los siguieron. 

Dalila con su icónico vestido de escamas de papel metálico

En simultáneo, en Argentina, Puzzovio ya confeccionaba sus prendas a mano, a máquina, tejiendo o mandando a hacer por hacendosas costureras para tiendas nacionales, por ejemplo la de Madame Frou Frou en la Galería del Este y más adelante para marcas como Calvin Klein y Oscar de la Renta. Realizó vestuario para obras de teatro, para películas y también vistió a Pinky con especiales delantales handmade para sus programas diarios de televisión.  Mientras el Instituto Di Tella abría sus puertas, Puzzovio se apropiaba de las prácticas vestimentarias para plantarse ante el mundo.

 Artistas de la talla de Marta Minujín y Delia Cancela junto con Dalila Puzovio fueron parte de ese entramado que decodificó el poder de la indumentaria como herramienta para tematizar conceptos de arte y, sobre todo, para posicionarse frente a la sociedad. Pero Puzovio veía algo más en la moda. Ella experimentó la indumentaria como un abecedario para contar su propio relato, como lenguaje. Fanática de las revistas de moda, leía Vogue y le resultaba más que interesante el poder de bajar línea a partir de toda su gramática. En el libro catálogo del Moderno que realizaron para la ocasión puede leerse: “nunca tuve algo como este collar ideal”,

El humor y la ironía de Puzovio alcanza para pensar la escala colosal del sistema de la moda en lo cotidiano y sin dudas su estrecho vínculo con el arte. Sus producciones para la revista Claudia son paradigmáticas también para la fotografía de moda. En plena demolición de la 9 de Julio para su ensanchamiento en 1979, Dalila reclutó a un ejército de modelos, niños y niñas,  fotógrafos y cocineros y en dos días logró una producción que rebalsa de belleza por lo diferente, por lo desconcertante. 

Contó la historia de una pareja joven que se casaba, pero no en un salón de fiestas, sino en la calle, en medio del derrumbe. Lo bello de lo roto, de la ruina. Lo bello del contraste se vislumbra es esa producción, donde el set de moda, pulcro, impoluto, precioso choca con el polvo y el derrumbe de fondo. Ahí también Puzovio se mostró disruptiva. Porque lo que hoy en día se percibe en fotógrafos como Juergen Teller, tiene por detrás una historia que pujó por correrse de lo tradicional y que jugó con las fronteras de la fotografía de moda, quizás también continuando el legado vanguardista de Man Ray y sus fotografías para Paul Poiret, pero en clave de finales de Siglo XX. 

En Europa y desde los años cincuenta se abrió una corriente de fotógrafos que pinchan la burbuja de la moda para correrla de los típicos sets fotográficos y la enmarcan en espacios para nada esperables.  Anthony Amstrong, William Klein y Frank Horvath aportaron una cuota de imprevisibilidad al fotografíar modelos en escenarios inusuales para la Vogue Británica. Así, un estilo de extrañeza fue consolidado y el aire de fotografías instantáneas y el afán por mostrar más humanidad en las imágenes de moda se fue instalando como posibilidad. En los ochenta reina Corine Day y con ella la cercanía y realidad en las tomas a Kate Moss que catapultaron una modelo y una época. 

Volviendo a la Argentina, en 1967 Puzzovio gana el Segundo premio Internacional del Di Tella por su obra Dalila Doble Plataforma: Una suerte de vidriera instalación de 300 x 300 x 30cm que exhibía veinticinco sandalias doble plataforma de catorce centímetros de alto, de cuero y acrílico en fucsia, verde, amarillo y negro, algo vanguardista para la época. La obra fue expuesta en el Di Tella y luego en tres locales de la zapatería Grimoldi. Puzovio cuenta que cuando fue a contarle su idea a Alberto Grimoldi, al instante se sumó al proyecto. 

Lo interesante de esa obra no tiene que ver solamente con su gusto particular, su inventiva en relación a los colores y al diseño, incluso tampoco se agota en el gesto de colocar en primer plano un objeto más que utilitario de la vida cotidiana (columna vertebral del Pop), si no, el vínculo directo entre arte y sistema de la moda. En momentos de la desmaterialización de la obra de arte, el arte de Dalila se encarnaba en piezas que pululaban por las tiendas de ropa y calzado de la ciudad. Se vendían y formaban parte de una forma fugaz de dar vida. 

Los famosos críticos de arte Jorge Romero Brest y Pierre Restany que premiaron la obra la contemplaron en el mítico Di Tella pero también tuvieron que recorrer las zapaterías Grimoldi y apreciar ese mismo objeto artístico en serie con la colección de ese momento, con las tan famosas guillerminas y los zapatos escolares. Todo ese combo sin dudas se vuelve vanguardista a la hora de pensar el diseño y el arte actual. La importancia de la vanguardia está ahí, en el estar en la línea de adelante, visionando lo que va a suceder sin que haya sucedido y en el camino allanado a las generaciones venideras. Ahí está el fashionguard de Dalila: en la moda como lenguaje. En la moda como condición de producción de las prácticas artísticas. 

Las tres salas dedicadas a Dalila Puzovio muestran también sus figurines para el vestuario de obras de teatro y películas, fotografías íntimas de producciones de fotos, la famosa gigantografía que en 1966 ganó el primer premio del Di Tella, donde se ve su rostro montado al cuerpo de la modelo Verushka. Se pueden contemplar sus tricots tejidos en la Knittax y las microsalas que replican de colosales corsets de 1965. Sus coronas fúnebres de 1964 ocupan un lugar central y dan cuenta de su vasta y variopinta producción. 

Días antes de la inauguración de su retrospectiva, Dalila visitó la exposición y fue parte de otro de los homenajes que le dedicó el Moderno, el encuentro con Felisa Pinto y la posibilidad de rememorar épocas donde el arte y la moda las convocó. Coincidieron una vez más en un íntimo momento que las reunió para celebrar la amistad, el paso del tiempo y la importancia de sus creaciones para la posteridad. 

Abajo: dos corsés realizados en eso, el material fetiche de la artista que aludió a la moda en los sixties y celebró a Jane Shrimpton.

Todas las imágenes son una gentileza de prensa del Moderno y fueron fotografiadas por Guido Limardo y Josefina Tommasi.

La artista junto a los curadores Patricio Orellana y Pino Monkes

Sucesos de Moda les recomienda escuchar la playlist especialmente creada para la ocasión por el crítico e investigador Fernando García : https://open.spotify.com/playlist/0fzwuYIjLGRFZLQSiNbwNa 




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