El vestido de terciopelo

por


Acerca de las representaciones de la vestimenta en la literatura argentina, rescatamos un fragmento del cuento de Silvina Ocampo ( Buenos Aires, 1903- 1993) publicado por primera vez en 1959 y en el libro “La furia y otros cuentos”.

Ilustración en acuarela por Francisca Etcheto.



_ Señora, ¿quiere probarse?- dijo Casilda abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me ordenó: -alcanza de mi cartera los alfileres.

-¡ Probarse! ¡Es mi tortura! Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería!. Me cansa tanto. La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.

– ¿Para cuándo será el viaje, señora?- le dijo para distraerla.
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué risa!
– El terciopelo se pega mucho, señora y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.
-Sáquemelo que me asfixio – exclamó la señora.
Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de desvanecerse.
– ¿ Para cuándo será el viaje, señora? volvió a preguntarle Casilda para distraerla
-Me iré en cualquier momento. Hoy en día, con los aviones , uno se va cuando quiere. El vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco limpio y brillante.
– Se va a París, ¿no?
-Iré también a Italia
-¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos.

La señora asintió dando un suspiro.
-Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos mangas, dijo Casilda tomando el vestido y poniéndoselo de nuevo.
Durante algunas segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la señora . Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo.
¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras, brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas.
Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro.. El contacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente, uno por uno. ¡Qué risa!
Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las cadera de la señora…Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie y comenzó a a colo
– ¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en Buenos Aires- dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tenía entre los dientes-¿ No le agrada, señora?
– Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.

-¿Le gusta el nardo? Es tan triste – protestó Casilda.

-El nardo es mi flor preferida y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su dolor me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo , para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano, me atrae aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio. Cuando terminó de hablar la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un diario que estaba sobre la mesa y le abanicó pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa.!

En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¡Frutas, helados, tal vez?……….. No corrí a la ventana a curiosear, como otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los dos alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban. …..

_Ahora me quitaré el vestido- dijo la señora.

Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos…

_ Tendré que dormir con él- dijo la señora, frente al espejo y el dragón que temblaba sobre los latidos de su corazón. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa… Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.

-Yo le aconsejé la seda natural- protestó Casilda.

La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre el cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:

-Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto! ¡Qué risa!



0