El zapatero que crea al ritmo del mambo

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Se llama David Alipio y sus diseños están destinados a las rumberas y los pachucos que frecuentan su tienda, dispuesta en un apartado del mítico salón de baile mexicano al que asistieron de Frida Kahlo a Rosalía .

El Salón Los Ángeles es un clásico del baile en la Ciudad de México. “Quien no conoce Los Ángeles, no conoce México” se lee en la fachada mientras espero en la fila para entrar al templo del baile contiguo a la iglesia ” Nuestra Señora de los Ángeles”. 

Pasando la zona de la taquilla y de revisión de bolsos, se despliega el salón. Es un recinto grande (antes era una bodega de camiones) que al fondo tiene el escenario vestido con cortinas de terciopelo color cereza. Al frente está la pista de duela finamente pulida por los pasos de danzón, mambo, chachachá. Luego la sección de mesas y sillas que son de metal rojo brillante con respaldos y patas garigoleadas sobre piso damero. 

Interior del salón Los Angeles fotografiado por Andrea Bravo Etchenique

A la izquierda se abre una pequeña sala (la más fotogénica, junto con el altarcito chillón dedicado a Pérez Prado) donde está la barra de madera, coronada por un neón color azul que anuncia la dulcería en letra cursiva y otro rosa estridente en letra Bold que dice LOS ANGELES. Cuatro esculturas de gatos crispados estilo decó y líneas de neón verdeazul simulando tallos retorcidos enmarcan el saloncito. 

David Alipio junto a sus creaciones para bailar danzón y otras cadencias, dispuestas en un exhibidor del Salón Los Angeles fotografiado por Andrea Bravo Etchenique

Las paredes del lugar son color rosa chicle y parecen gabinetes de curiosidades, cubiertas de placas, carteles históricos y fotos de celebridades e intelectuales que han bailado en esta pista. Del techo cuelgan bolas disco y varias arañas fastuosas, con caireles y todo.  A la derecha de la entrada, antes de las escaleras caracol que llevan a los baños y antes del guardarropa (un cuarto digno de su propio capítulo), hay cuatro vitrinas acomodadas a manera de local, en las que David Alipio exhibe y vende los zapatos de baile que hace a mano de principio a fin para las rumberas y los pachucos. 

Hacer zapatos 

El señor David se inició como zapatero a los 13 años, después de dejar los estudios. Yendo de taller en taller fue aprendiendo los diferentes oficios que implica hacer un zapato. Empezó como ayudante de montador, embarrando suelas y con el tiempo fue aprendiendo otras cosas. 

Lo primero que le gustó del oficio fue acabar el zapato. En cuanto al proceso, señala : “se hace metiéndolo a una máquina para desvirarlo, o sea, ir cortando con un tranchete todo el material que le sobra a la suela después de que el calzado es cosido. Hay que tener los ojos bien fijos y el zapato bien agarrado a la hora que se da vuelta en la punta, si no, la máquina puede arrancar el zapato o incluso, cortar un dedo”

Una vez dominado el arte del acabado, el señor David decidió aprender a hacer el zapato completo: desde las combinaciones de colores y materiales, cortar y armar (tachuelas en la boca y todo), aviar la horma, montar (un jalón en la punta, luego a los costados, bajas y montas talones), ensuelar, coser, entaconar y finalmente, el acabado de la suela. Para luego, venderlo.. 

Marchante de rumberas y pachucos 

Al Salón Los Ángeles llegó hace casi 40 años, con 15 pares de zapatos de mujer y 15 de hombre y el permiso de la familia Nieto, dueña del lugar. En los primeros años acomodaba los zapatos en un tablón prestado, después de un tiempo se adecuaron las vitrinas de vidrio iluminadas, más acordes con el caché de estas piezas hechas todas a mano, que cuenta el señor David, ya son rara avis, por lo menos en México: “Esta calidad no la encuentras en ningún lado”. 

Los zapatos que vende, muchas veces a pedido, son para pachucos, rumberas, también para la gente de danzonera y salsa. Algunas personas piden que se les haga el par con suela de carnaza para que el zapato se doble casi a la mitad y puedan bailar salsa de línea en duela. Otras piden con pieles exóticas que ya no se encuentran o están prohibidas. 

El bailarín Carlos Bueno con sus zapatos dorados

Zapatos de pachuco los hay de puntera, de bigotera (refiere a la forma de la punta de los zapatos típicos del pachuco) y de tres bigoteras… Para el señor David el de tres bigoteras es el más elegante porque lleva más color y se le pueden combinar varios materiales: charol, piel, y ante, por ejemplo. Recientemente un cliente —un pachuco de la ciudad de Pachuca (vale la redundancia)— le pidió un par color bugambilia (dícese del rosa con púrpura) de tela con piel, bigotera chiquita. Son para combinar con el traje zoot que se mandó hacer. Otro cliente frecuente, el señor Carlos Bueno, le acaba de pedir un segundo par de zapatos color oro de tela empedrada. Una pareja, los Amado, le mandan hacer el par de hombre y el de mujer iguales, para bailar combinando. 

Los zapatos de rumbera pueden ser abiertos o cerrados. Depende del gusto y la técnica de baile. El que se usa para salsa es más flexible y los diseños son infinitos. Varían dependiendo de los materiales y colores que Alipio encuentra en sus visitas diarias a las peleterías de las calle Manuel Doblado y Ferrocarril de Cintura en el barrio de Tepito. Lo que no varía nunca es la calidad, desde el forro de piel, la planta acojinada con carnaza y la suela de cuero. 

Carlos Bueno honra la estética del “pachuco”, mientras que Carmen Aguilera celebra a “la rumbera”

El zapato no lleva marca pero sí lleva calidad 

A pesar de la sugerencia de  su familia y sus clientes, por lo pronto estos zapatos no tienen etiqueta. El señor David piensa que no hace falta. Estudiando la pista de baile juntos, comprobé que puede reconocer todos los zapatos de su manufactura. Pero sobre todo, no les pone marca porque le parece que el valor está en la satisfacción y el placer de hacer zapatos de buena calidad, con los mejores materiales, de principio a fin y ver cómo la gente baila contenta con ellos. 

Así, sin etiquetas a la vista, estos zapatos de primerísima calidad han viajado a destinos tan variados como la ciudad de Los Àngeles, Nueva Zelanda e incluso la Argentina. Además de los pachucos y rumberas, los usan también artistas de generaciones más jóvenes que saben apreciar este derroche de estilo. 

El señor David baila, tropical, matancera y salsa… el danzón lo baila de lírico porque no se le da. Tendría que tomar clases para perfeccionar la técnica, pero eso implicaría restarle dos horas a la labor de hacer zapatos, por lo tanto, seguirá bailando el danzón sin mucha técnica, sólo sintiendo la música. 

El altarcito al rey del Mambo, dispuesto en el salón de baile

Notas a pie de página

El salón Los Angeles se fundó en 1937  y está situado en el barrio obrero Colonia Guerrero.

La figura del pachuco surgió en la década del treinta en las ciudades de la frontera entre México y Estados Unidos (como Los Ángeles, El Paso, San Antonio o San Diego) como un fenómeno contracultural con el que los mexicanos residentes en el país vecino buscaron construirse una identidad propia que fusionara su experiencia latina, afro y norteamericana. 

Sobre las rumberas originarias de Cuba y arraigadas en México en la década del cuarenta, la historiadora Gabriela Pulido Llano, dice: “Si uno lee las revistas de los años 40 y analiza las reflexiones de los periodistas tras verlas bailar, muchas veces sus escritos giraban en torno a los movimientos del cuerpo, a los vestuarios sobre los que se les describía como casi desnudas; ellas no tenían reparo en aparentar que se estaba conservando una moral, porque en Cuba ese contexto era diferente al mexicano”.

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