El origen de mi campera Levi’s

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Victoria Solís , Licenciada y Profesora en Letras (UBA), se refiere a su adorada campera de jean y que consiguió a los doce años, en “una feria/ palacio de la ilegalidad textil”, con la complicidad de una de sus abuelas

En 1921 fue creada la Asociación para la Defensa de las Bellas Artes y las Artes aplicadas, auspiciada por Madeleine Vionnet, quien estaba cansada de que le copiaran los diseños.
Era tal su hartazgo que no le bastó con numerar y sacarle fotos a las prendas, sino que las firmó a la manera de una artista plástica, e imprimió su huella dactilar en la etiqueta como un extranjero que pasa por migraciones o un sospechoso que va a la cárcel por culpa de esas tramas únicas que visten los dedos.

En 2004 visité el palacio de la ilegalidad textil, un prêt-á-porter de la truchada ubicado en la ruta 8, pasando corralones y semáforos en los que nadie se animaba a detenerse.

Tenía 12 años y me gustaba la ropa, cualquier tipo de ropa, la que compraba con mi mamá paseando por Belgrano, la que me tejía mi abuela Telma con sus manos veloces o la que encontraba en el cajón de los disfraces en el taller de teatro de la escuela. A diferencia de Vionnet, el origen no importaba, solo valía la emoción resultante de ver en el espejo mi cuerpo transformado por la tela.


Fue una vecina de Eugenia, mi otra abuela, la que dio las coordenadas de la mal llamada, en ese entonces, “boliferia”, bajo la premisa de encontrar todas las primeras marcas a un precio módico y calidad extraordinaria. A nadie le interesó, salvo a mí, en el instante en que esa abuela (la acumuladora y coqueta) preguntó si no era peligroso. La salida prometía pilchas y una dosis de coraje que esta niña de la comuna 13 estaba precisando. Mis padres concedieron el deseo, mi abuela Telma (la sencilla y paseandera)
sonrió con curiosidad y al domingo siguiente nos embarcamos en la travesía. Un galpón rebosante de Adidas, Puma, Nike en la sección deportiva. GAP, Lacoste y Kosiuko, en la zona central. Decenas de pasillos con marcas de perfecta imitación, costuras prolijas y estampados sobresalientes. Cuando atravesé el pasillo, la vi.


Una campera que gritaba “ondera” entre los ojales. Amplia y robusta, lo suficientemente gruesa como para sentirse protegida en los otoños más crudos, pero con un toque de liviandad para dejarse abrazar en la conquista de la noche. En ese momento tenía 12 y nada sabía de la noche ni de los besos, y menos que menos de la crudeza de la intemperie, pero la prenda pareció guiñarme un botón como una sacerdotisa que todo lo adivina. No era cualquier campera. Era la más audaz de las camperas: era de jean. Y tenía su nombre grabado en una etiqueta roja prendida del bolsillo delantero: Levi’s.

Monroe, vestida en denim, entre la galería de influencias.

Un largo viaje desde su creación en la California de la fiebre del oro hasta un rincón del conurbano afiebrado en busca de logos y etiquetas del primer mundo. Una Levi’s azul copiada que, en su imitación, parecía doblemente rebelde. No conocía en ese momento al James Dean de los 50’s, tampoco el total denim de Elvis, aunque, por supuesto, sí tenía fresco el de Britney y Justin.

Britney era la mujer total para las púberes de ese entonces, aunque fue otra rubia en 1961 que volvió icónica la prenda para el mundo femenino. Quizás sí tenía guardada en la retina a George Harrison
cruzando Abbey Road con la campera, o a Mick Jagger en algún disco familiar, o a Tina Turner con sus pelos rebeldes, Bob Marley o los punkies que resultaban demasiado osados para mi edad. Todos ellos con adaptaciones y variaciones de esa prenda qua ya era tan mía.

En la adultez, Victoria Solís, continúa vistiendo la campera de jean.

Nunca me importó que fuera una copia. Es más, lucir la etiqueta entre círculos pretenciosos me divertía en los momentos en que la atmósfera se tornaba amansada y tediosa. Funcionaba también como antídoto frente a esos compañeros racistas del secundario, que alababan mi prenda al ver el logotipo de los dos caballos tirando de un jean bajo la leyenda “original riveted”. Al contacto con mi piel, podía sentir que los caballos se zafaban y galopaban salvajes, pisoteándolos en su huida.
La calidad resultó buena, porque 20 años después permanece intacta y esencial para los otoños cada vez más veraniegos. A veces me pregunto qué me hipnotizó de esa campera, en medio de un galpón con olor a tutucas recién infladas. Quizás Madeleine Vionnet tenía razón y el origen importaba.
Cada vez que me pongo la campera recuerdo a mi abuela Telma: rebelde, valiente y con su sonrisa curiosa asomándose por cualquier puerta que estuviera abierta.

Victoria Solís junto a Telma, su abuela cómplice en la búsqueda de ropas.

Victoria Solís investiga los diálogos entre moda, arte y género en Latinoamérica. Codirige Transas, una revista de Letras y Artes de América Latina. 

El texto fue desarrollado en el contexto del taller “La trama afectiva de la vestimenta”, realizado por Victoria Lescano en Casa Ampersand.

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